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LA LUZ DE LAS ESTACIONES: MARÍA ANGÉLICA PÉREZ

La pequeña María Angélica escucha a su padre cantar La Marsellesa. Lo mira con admiración, todavía sin saber que varios años más tarde la fascinación de ese hombre la llevará a estudiar francés, a construir su diccionario personal de la biografía de François Truffaut, su director de cine favorito. "Las palabras y las imágenes fueron mi refugio" cuenta María Angélica y uno empieza a entender de dónde surge el amor por los detalles de esta mujer que saca fotos con la mirada del corazón.

María Angélica retratada por Alberto, su compañero de vida

María Angélica Pérez es periodista. Estudió Ciencias de la Comunicación y durante muchos años trabajó en distintos medios nacionales. Un día decidió empezar un curso de fotografía para aprender a usar su cámara réflex y el mundo de las imágenes la deslumbró tanto como el de las palabras.
María Angélica es también La Lola Pérez. Puede que a muchos de ustedes se les dibuje una sonrisa cuando lean este nombre. ¿Quién es Lola? Es la Beagle que vemos sentada en una alfombra, en la arena, en un sillón. Es también un pseudónimo para María Angélica y una forma de ver el mundo a través de la naturaleza. Una naturaleza que pertenece a las hojas, a la playa y a las flores pero también a las palabras.
"Las palabras" -solía decir Virginia Woolf- "las palabras en las casas, en las calles, en los campos; a lo largo de tantos siglos... Las palabras pertenecen a las otras palabras." En esa red, en ese tejido de historias de antaño María Angélica nos abre el refugio de las historias y nos regala una nueva forma de mirar lo cotidiano. Es allí donde las palabras cuentan su propio pasado y el presente se transforma en la luz con la que podemos ver un poco más allá de lo que se muestra.





  

La primera vez que vi sus fotografías sentí lo mismo que cuando escucho "Las cuatro estaciones" de Vivaldi. No hace mucho descubrí la razón. Las imágenes de María Angélica logran captar la luz de las estaciones del año, transmiten la gracia y la ligereza del verano o el frío y el silencio del invierno. En todas sus fotografías el personaje principal siempre es la luz: ella es la que cuenta, la que no teme desplegar en objetos, superficies y texturas toda su inmensa delicadeza.







Me gusta pensar que esa delicadeza ya estaba en la nena que miraba fascinada a su padre cantar La Marsellesa. Quizás fue ella la encargada de repetir una y otra vez el juego infantil de hacer preguntas que, más tarde, se convertiría en su profesión. A medida que fue creciendo, su interés se centró en aquello en lo que nuestros ojos no siempre suelen demorarse.
"Todavía no había terminado mi carrera, tenía diecinueve años y ya había empezado a trabajar en una revista de actualidad. Una mañana llego a la redacción y me dicen que al mediodía tenía que ir a una comida en el hotel Alvear, uno de los lugares más elegantes de Buenos Aires e inaccesibles para mí. No recuerdo cómo estaba vestida pero no era para ir al Alvear. Al volver a la redacción, no me dan tiempo para sentarme a escribir y me avisan que tengo que ir a una de las tantas villas miserias del conurbano bonaerense a entrevistar a una chica que había recibido un transplante de órganos. Fuimos con un fotógrafo, nos costó encontrar la casita sobre una calle de barro. En pocas horas había conocido dos extremos, dos realidades, dos mundos. Esa noche, en mi casa y haciendo un racconto de mi largo día, me di cuenta que había elegido, como diría Gabriel García Márquez, "la profesión más linda del mundo". 








María Angélica y yo charlamos en un cafecito de Belgrano. Es la primera vez que nos vemos y decidimos compartir una porción de torta. Nuestras frases se suceden unas a otras como las entusiastas cucharadas en el postre que más nos gusta: la literatura y la fotografía. Hablamos sin parar y el tiempo pasa demasiado rápido. Antes de irse, con la misma generosidad con la que comparte sus impresiones sobre sus libros preferidos y los lugares que la inspiran, María Angélica saca del bolso un regalo y una historia. La historia cuenta la anécdota de una mujer curiosa que un día decidió comprar cuatro libritos idénticos que le llamaron poderosamente la atención sin saber a quiénes iba finalmente a regalárselos. Es la misma mujer que, en un viaje a París, terminó comprándose la biografía de su director de cine favorito, François Truffaut, sin saber todavía demasiado francés.
Mientras escribo no puedo evitar mirar de reojo "El idioma de los gatos" de Spencer Holst y me alegra el recorrido que este pequeño libro rojo tuvo que hacer para estar hoy en mi biblioteca.








* Todas las fotos de este post pertenecen a María Angélica Pérez. No dejen de visitar su hermosa cuenta de Instagram. ¡Muchas gracias María Angélica por la delicadeza de tu luz!
    

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