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HIKARI Y EL CANTO DE LOS PÁJAROS

Kenzaburō Ōe tenía 28 años cuando nació su hijo Hikari, que en japonés significa "luz". Los médicos le dijeron que mejor era dejarlo ir: la operación que le quitaría la protuberancia de su cráneo (a causa de una hidrocefalia severa) era muy riesgosa y le dejaría secuelas complejas. La mujer de Kenzaburō, Yukari, dijo que prefería morir ella antes de dejar morir a su hijo. En ese entonces, Kenzaburō ya escribía y los recuerdos de su infancia narrados en La presa le habían traído su primer reconocimiento literario. Pero su escritura se posó sobre otra infancia: la de Hikari, que empezó a crecer sin poder comunicarse.

La familia Ōe

Yukari escuchaba a Mozart mientras acariciaba a su hijo. La música le traía la serenidad que necesitaba. El autismo de Hikari era total pero un día descubrió que respondía al sonido de los pájaros. Consiguieron una grabación de distintos cantos de aves identificados por una voz humana masculina y una tarde inesperada, cuando Hikari tenía 6 años, el niño pronunció sus primeras palabras. "Esos son los rascones europeos" dijo. Fue la primera vez que hablaba. Sus padres no podían creer que lo que acababan de escuchar era, por fin, la voz de su hijo. 
Hasta entonces, Kenzaburō le había consagrado su literatura. Le había dado la voz que le faltaba y se había prometido dejar de escribir cuando su hijo encontrara su lenguaje. Años después a aquel primer contacto con el idioma materno, una profesora de piano se dejó llevar por su intuición y permitió que el joven Hikari empezara a componer sus propias obras. En ellas se concentra su experiencia, su sensibilidad, su modo de estar en el mundo.
"He pensado a veces" dice Kenzaburō, "que no ha habido acumulación de tiempo histórico en su vida, porque nunca he oído expresar con palabras sus recuerdos del pasado. Pero es evidente que a partir de las composiciones de Hikari la historia vive en su interior: una sola pieza expresa sus sentimientos al médico a quien más ha amado y respetado, otra pieza alude a separarse de un amigo discapacitado. Sin embargo, otras piezas aluden a la luz del sol con la que él, su hermano y su hermana se bañaban en una cabaña de montaña en el verano, y también de la nieve que cae."
A pesar de su promesa, Kenzaburō siguió escribiendo. En 1994 le concedieron el Premio Nobel de Literatura, pero pocos conocían la historia de su familia. Dicen que su hijo lo escuchaba en primera fila y que estaba convencido de que el premio era para él. Y es cierto que sí, que también lo era. Porque la voz que construyó su padre había sido la suya.
Cuenta Kenzaburō que cuando era chico y vivía en lo profundo del bosque, leyó El maravilloso viaje de Nils Holgersson y se sintió entre dos profecías: la primera, que "algún día lograría entender el idioma de los pájaros y la segunda, que volaría lejos con sus queridos gansos salvajes, preferentemente a Escandinavia". En su discurso de aceptación del Nobel, agradece que las dos se le hayan cumplido. Imagino que su mujer, a quien Kenzaburō considera la verdadera encarnación de Akka, la líder de los gansos salvajes de Nils, también sonreía en primera fila. 

Kenzaburō y su hijo

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