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DIANE ARBUS. ENTRE LO MISMO Y LO OTRO

Decía Paul Valéry que los hombres se distinguen por lo que muestran y se parecen por lo que ocultan. Pienso en esta frase desde hace ya mucho, cuando la elegí como epígrafe para un librito de cuentos que publiqué un mes después de cumplir 19 años. Aparece cada vez que me enfrento a lo diferente, cada vez que mi propio yo se ve interpelado por la fuerza del otro (el externo pero también el interno). Volvió a aparecer hace poco, cuando fui a ver la muestra de la fotógrafa americana Diane Arbus (1923-1971) en el Malba.

"Identical Twins", Roselle, New Jersey, 1967

La mayoría de las críticas que he leído sobre la fotografía de Diane Arbus hacen énfasis en su obsesión por los monstruos, los freaks, lo diferente. Cuentan cómo abandonó su carrera en el mundo de la moda para sumergirse en un mundo marginal, oscuro, que muchos ni siquiera conocerían si no fuera por sus fotos. Ella misma lo expresó así. Y es cierto que tenía razón. Que en su fotografía hay una búsqueda de despertar conciencias, de mostrar otras realidades o, mejor dicho, otras caras de la realidad: mucho más reales que las que se muestran en las revistas de moda, donde todo es perfecto, inaccesible, desesperante.
En las fotografías de Arbus, como ya señalara Susan Sontag en su libro de ensayos Sobre la fotografía, las personas miran de frente, sonríen, no se ocultan ante la mirada de la fotógrafa. Son cómplices. ¿Cómplices de qué? Me animo a decir que de una filosofía de vida.
Y la palabra "filosofía", que en mi mundo tiene múltiples ecos, me recuerda a las figuras del otro (tema que me apasionó en mis primeros años de estudiante), a Rimbaud y Lautréamont. Arbus también fue una poeta maldita. Su poética se centraba en la imagen. En la imagen como resistencia, diría Sontag. Resistencia al dolor, a una vida acartonada y a la falta de autenticidad.
En 1965, cuando se presenta por segunda vez a la beca Guggenheim, titula su proyecto "El paisaje interior". Ese era el destino de sus imágenes, su propia filosofía. Y ese paisaje interior, sospecho mientras escribo estas líneas, se parece mucho en cada uno de sus retratados. Es justamente ese paisaje el que nos atraviesa cuando miramos sus fotografías y empezamos a vernos a nosotros mismos. Pero ya nada es lo mismo: descubrimos el otro que también somos. Y entonces la frase de Valéry con la que empecé esta nota parece encontrar su ejemplo perfecto.
Si a los 16 años Arbus escribió un ensayo para el colegio en donde decía buscar "lo divino en lo ordinario", a los 33 (cuando rotuló un rollo de película con el nº1) empezó a encontrar las piezas que le faltaban. Sus "monstruos" nos hacen pensar que la verdadera igualdad se sostiene siempre en la diferencia. Y por eso, me gusta creer, se ríen.







Fotografías de Diane Arbus

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