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VIVIAN MAIER O LA FOTÓGRAFA DE LOS MOMENTOS PERDIDOS

Hace unos días terminó en FoLa la excepcional muestra de la fotógrafa americana Vivian Maier (1926-2009). Sabemos que su madre era francesa y que por eso, cuando hablaba, creían que era extranjera. Sabemos también que trabajó unos cuarenta años como niñera y que su relación con los niños se daba en un plano muy particular, como si se tratara de una fábula infantil, bruja y hechizos incluidos. Sabemos que, ya de mayor y sin un centavo, se sentaba horas y horas en un banquito de plaza, cuando no revolvía los tachos de basura buscando quién sabe qué cosa. Muchos en el barrio creían que estaba loca. Nadie sabía que esa mujer había sacado más de 150.000 fotografías a lo largo de su vida y que, algunos años después de su muerte, se encontrarían la mayoría de sus negativos sin haber sido nunca impresos.


Vivian Maier era una mujer muy alta. Nunca se casó, ni tuvo hijos, pero pasó muchos años criando hijos ajenos. Viajó mucho. Cuentan en el documental Finding Vivian Maier que vivía con la cámara colgada, que sacaba fotos todo el tiempo, que pocas veces las mostraba. Hoy podemos ver muchas fotografías que ella no vio nunca impresas. Y eso da vértigo. Una sensación de intromisión, una falsa impresión de que la conocemos, de que la descubrimos a pesar de sus escondites, como si la hubiésemos ido a buscar a esa buhardilla abarrotada de diarios viejos tirados por el piso, de recortes, de búsquedas. Y creemos que hasta podemos verla enfurecida cuando los propietarios decidieron tirar muchos de esos diarios y se encontraron con una furia desatada, como una niña en pleno berrinche.



Había algo que ella buscaba en los niños. Y no era la mirada inocente del mundo, la tabula rasa. La conexión, quizás, con una inteligencia que se va perdiendo a medida que se avanza en la madurez, una inteligencia que no puede ser dicha porque no es autoconsciente, no es reflexiva, es salvaje. Por eso, tal vez, no era cándida ni condescendiente con los niños. Porque conocía su lenguaje, porque ella misma luchaba para no perderlo, para retenerlo en cada fragmento, para congelarlo sin descomposición. 



El idioma de la infancia tiene un tempo propio, que nada tiene que ver con el que marcan los relojes, ni los calendarios. Las fotografías de Maier muestran esa temporalidad, que suele filtrarse en nuestras vidas cotidianas. Para un niño no hay momentos perdidos. Ese tiempo esperando que cambie el semáforo, en la espera de un dentista, en una autopista en hora pico. Esos momentos no son para ellos, como sí lo son para nosotros, tiempo perdido. Y es la búsqueda, la fascinación y desesperación por retener ese tempo, esa musicalidad propia de la infancia que poco suena a cascabeles, lo que más impresiona, conmueve y nos atrae de Vivian Maier.




     

4 comentarios

  1. Me perdí de ver su obra personalmente pero no dejaré de buscarla por Internet... Me fascinó su historia y como artista a mí me conmovió.
    Gracias por recordarla. Tu Blog es una delicia.
    Beso.
    María Rosa Lavorato
    Lujan

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    1. Muchas gracias, querida María Rosa. No dejes de ver el documental, "Finding Vivian Maier". ¡Su historia es fascinante! Un abrazo inmenso y espero que podamos tomarnos nuestro cafecito pendiente muy pronto. ¡Besos!

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  2. Me quedé con las ganas de ver esta muestra. Me cautiva la fotografia de Vivian pero más me cautiva su historia, el hecho de que conozcamos su obra casi por una casualidad. Me encantó tu análisis Sofi acerca de ella, su obra y la infancia.
    besote!

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    1. ¡Gracias Vicky querida! Sí, su historia es única y es increíble pensar que casi iba a parar todo a la basura. ¡Menos mal que no nos perdimos de su talento y hoy podemos disfrutarlo! ¡Abrazo grande!

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