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EL DISCURSO VACÍO

Escribir sobre la imposibilidad de escribir. Dejar que la mano dibuje cada palabra, soltar los músculos, mejorar la letra para mejorar como persona. Así comienza El discurso vacío, libro excepcional de Mario Levrero, analizando las ventajas de una "autoterapia grafológica".

Mario Levrero, escritor uruguayo (1940-2004) 

El discurso vacío es un diario íntimo, un cuaderno de ejercicios, el laboratorio secreto de un escritor. O, mejor dicho, de alguien que escribe, de alguien que espera de las palabras mucho más (pero también mucho menos) que una historia.
Levrero intercala entradas fechadas durante un año con el texto que da título al libro. Uno podría pensar que se trata de un anti-manifiesto encubierto acerca de las condiciones (muchas veces azorosas y caprichosas) de la escritura, ya no pensada como un mero medio de comunicación y/o expresión, sino como la posibilidad misma de múltiples formas de vida.
Dice Levrero que sus ejercicios persiguen una escritura insustancial pero legible, frente a lo que realmente parece anhelar: "un acto narrativo libre". En el camino, el "yo" también va perdiendo sustancia, revela su naturaleza ficcional, su "no-lugar".
Frente a ese "yo" tironeado por la boca devoradora de la realidad exterior, los compromisos asumidos, la vida familiar, el perro Pongo y el amor de su mujer, Alicia, el hombre-que-escribe trata de "mejorar su mundo interior", haciendo a un lado la ansiedad (aunque toma antidepresivos y se ve cada día más gordo). Pues allí donde el mundo interior descansa, el tiempo deja de ser eso que marcan los relojes. Aparecen otras temporalidades asociadas a las peripecias de nuestras vidas.  
Escribir es, para Levrero, despertar. Despertar el alma dormida, dejar que la mano recuerde y dibuje aquello que nace de la memoria afectiva, siempre tan reacia a la conciencia y en batalla constante con esa invención que es el "yo".
Habrá entonces que "dejarse llevar" por la escritura, como incitan las últimas páginas del libro. Permitirse el estar en suspenso, los tres puntitos, los paréntesis que se abren y no sabemos cuándo se cierran.
Solo así las experiencias van a recuperar su peso, van a lograr subir a la superficie de la memoria y, como diría Neruda, solo nos quedará sentarnos a la orilla del pozo de la sombra y pescar luz caída con paciencia.





2 comentarios

  1. Hola Sofi. LLegué a tu blog por Almasinger, me bañó de placer y alegria cada una de tus palabras, desde estas lineas del Libro de Levrero (que me lo compré gracias a vos) hasta el post de tu hija. Maravilloso, por favor segui con este espacio, lo necesitamos, es mágico! Natalia.

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    1. Hola Natalia, muchísimas gracias por tus hermosas palabras que me llegan en un momento muy especial. ¡Qué bueno que te compraste el libro de Levrero, después contame qué te pareció! Gracias a vos por la magia de tu lectura. ¡Besos!

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