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LAS CARAS DE LA MUDANZA

Mudar, del latino mutāre ("cambiar"). Según la Real Academia Española, el verbo significa (entre otras cosas): 1) dar o tomar otro ser o naturaleza, otro estado, forma, lugar; 2) dejar algo que antes se tenía y tomar en su lugar otra cosa; 3) dicho de un ave: desprenderse de las plumas; 4) dejar el modo de vida o el afecto que antes se tenía, trocándolo por otro. Parece entonces que toda mudanza es un cambio, pero también una mutación.


Puede que no lo veamos pero empezamos a mudarnos antes de embalar los libros, ropa y vajilla. Antes de abarrotar la casa de canastos, cajas y cajitas. Algo empieza a modificarse por dentro. El cuerpo entra en un estado de alerta, la memoria comienza a revolver en los rincones más inhóspitos de nuestros recuerdos como un ratoncito hambriento e insolente. Lo vemos en la ilustración del libro de Zambra que acompaña este post: el cuerpo se prepara para tirarse a la pileta, sin saber realmente qué le depara ese otro lugar, el nuevo, la promesa de otra vida posible.
Todo esto ya se disparó en mí, próxima mutante. Y, entre los revoltijos, el ratoncito insolente me trajo un recuerdo, algo que pensé la última vez que me mudé, cuando me vi en el espejo y noté que era imposible disimular la tristeza, maquillar el llanto. Lo que pensé entonces eran las distintas caras de la mudanza: las esperanzadas y enamoradas, las tristes, las decepcionadas, las del duelo, las del fracaso, las del éxito.
Hay algo de testigo mudo en los muchachos que vienen a tu casa a levantar canastos y toparse con tus libros, tu ropa colgada en percheritos, tus valijas. Noté en varias ocasiones que no suelen mirar a los ojos. Quizás para que no sientas vergüenza de estar exponiendo tu vida en objetos, como si eso revelara parte de una identidad secreta. Probablemente porque no debe interesarles en lo más mínimo lo que decidiste que te acompañara en las peripecias de tu vida.
En fin. Pensaba en todo esto la última vez que muté. Por suerte la próxima mudanza me encontrará con una cara bien distinta y, quizás ahora sí, los muchachos se animen a mirarme a los ojos.

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