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Una dulce melodía

Dos de la mañana. No puedo dormir. Los pensamientos van y vienen. Escucho la respiración de mi hija, que duerme en su cuna. Trato de imaginar lo que estará soñando. Me pregunto si en sueños se le aparecerán sus juguetes, las risas de los abuelos, el mar. Estamos de visita en la casa de mis padres y no puedo creer que en mi habitación de la infancia, donde pasé horas jugando, leyendo, estudiando, esté durmiendo ahora mi hija. Yo también miraba fascinada el empapelado de nubes pasteles.


Me acomodo despacio tratando de no hacer ruido. Me llama. Dice "mamá" clarito, lo repite, sin llorar. No me levanto enseguida, dejo que vuelva a dormirse. Me llama de nuevo. Ahora sí, la alzo. La llevo a mi cama y trato de hacerla dormir. Pero me mira. Sé que mira. Prendo la luz del velador y lo compruebo. Sonríe.

Nos miramos unos segundos. Vuelve a llamarme. Ahora con un tono más suave, un dulce tarareo de ta-ta-tas. Entonces me doy cuenta. Me está cantando. Es ella la que quiere hacerme dormir. Las dos sonreímos. Cierro los ojos y disfruto su canto. Imagino un escenario para su melodía y de a poco va llegando el sueño. Apago la luz y la sigo escuchando. No sé cuál de las dos se durmió primero.









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