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Un día con Marina Abramovic y Sylvia Plath

Pasa el tiempo y sigo pensando en ese día. En lo que sentí cuando salí de la sala del cine, después de ver el documental sobre Marina Abramovic, The Artist is Present; el haberme quedado sin palabras, el peso de mis manos, de mis piernas. No conocía la obra de Abramovic, tan agresiva y espiritual al mismo tiempo. Me costó un rato volver a mí, a esa tarde soleada, a la conversación con mi amiga que estaba tan afectada como yo. Unas horas más tarde hacíamos fila para entrar a ver Luzazul, una ópera de Marcelo Delgado y Emilio García Wehbi basada en el poema Tres mujeres de Sylvia Plath. Bajamos las escaleras del Centro de Experimentación del Teatro Colón y lo primero que vi fue el horno, en el medio de la escena, y supe que no saldría igual de ese día. Por momentos, durante la función, me faltaba el aire. Se me mezclaban escenas de las performances de Abramovic, su particular apropiación del cuerpo, con lo que estaba viendo, más las fotografías de Sylvia Plath que viajaban sin permiso por mi cabeza y las imágenes de La campana de cristal, que irrumpían en cada momento. 
La función terminó. Sólo quería salir corriendo, como si pudiera escaparme de mi propio cuerpo. Dejarlo ahí, colgado en el respaldo de la silla, y volver a buscarlo más tarde. Pero no. Una fuerza interna me hizo levantar de golpe, enderezarme, caminar hacia la puerta y volver a respirar.

  

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