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Sobre Los enamorados, de Alfred Hayes

Dice Matías Capelli, en una reseña sobre esta misma novela, que bien podría ser un cuadro de Edward Hopper. Y es cierto. O una película de Wim Wenders, agrego (pienso en la escena del bar en Las alas del deseo).  Pero nada es casual. Wenders mismo nos ha contado sobre la influencia de Hopper en su estética cinematográfica. Esta alusión al cine no es ajena a la propia trayectoria de Hayes, conocido también como guionista de Hollywood, colaborador de Fritz Lang y Nicholas Ray, entre otros. En todo momento me pareció estar viendo la historia de ese joven escritor y su hermosa novia.

El uso extraordinario de la primera persona ayuda a que nos sintamos testigos permanentes de lo que sucede entre los dos. Esos comentarios entre paréntesis, que nos acercan a la intimidad del narrador, como si tuviéramos un acceso privilegiado a sus pensamientos o confesiones:

Entonces miró hacia fuera por la ventanilla y vio los copos de nieve que caían y giraban y las fachadas oscuras de los negocios, bien cerrados contra la noche, y dijo (era la única frase que yo también recordaba, había olvidado muchas cosas pero recordaba aquella frase trunca) ¿no es hermoso a veces?, y yo le pregunté qué era hermoso a veces, y ella dijo: la nieve y todo lo demás.     

En la página siguiente a la que acabo de citar, cuando el protagonista piensa en su futuro como escritor, una imagen terrible sirve de ejemplo para el impacto visual (inesperado, quizás, por el tono en que transcurría el relato) que nos ofrece Hayes:

Las ideas, engañosamente claras, aparecerían en el aire seco y yo las perseguía esperanzado, para encontrar el abrevadero evaporado y las palmeras muertas; las tramas, que parecían fáciles de manejar, existían fugazmente y después se desvanecían; y entonces me invadía el temor secreto de que tal vez hubiera llegado al final de lo que tenía: de que el hacha, suspendida durante tanto tiempo sobre mí, hubiera caído: ahí estaba mi cabeza, en la cesta del fracaso. 

Esas imágenes a lo Hopper, el frío de una soledad compartida (como esa noche que, buscando una reconciliación, no les queda otra que alojarse en un hotel de Atlantic City; y él tiene las manos frías sobre el volante del auto y ella lleva puesto un abrigo de piel) pintan la historia de un color indescifrable, como si toda historia de amor estuviera necesariamente (y tal vez sea así) teñida de irrealidad.

Me pregunto qué música podría parecerse a esta novela y escucho una melodía lejana, que funciona perfecto. No la reconozco. La melodía se repite varias veces y me asusto. ¿Está en mi cabeza? Me acerco a la ventana de la cocina, la abro y escucho que viene de la casa de algún vecino. Vuelvo a la computadora y pienso, mientras escribo, que solo de la irrupción de estas irrealidades, es que cobra su sentido más profundo y atractivo lo real.  

Hayes


Edward Hopper, Nighthawks, 1942



   


5 comentarios

  1. Me encanta leerte Sofia. Tú no te debes preocupar por los paisajes con palmeras resecas, tus paisajes interiores parecen bien verdecitos.

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  2. Muy buen blog.
    Estoy por comprarme este libro y "pajaros en la boca"
    Gracias por la recomendacion.

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  3. Muchas gracias por tu comentario, Criticón. Hace bastante que no escribo en el blog y tengo ganas de retomarlo. Sin duda tu comentario es un estímulo para hacerlo. Saludos.

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  4. Escribis muy bien.
    Ojalá puedas seguir. Escribís muy bien.
    Che, vale la pena este libro no? Aun no me decido comprarlo.

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    1. ¡Gracias! Si podés comprarlo adelante. Yo lo disfruté mucho.

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