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LA LUZ DE LAS ESTACIONES: MARÍA ANGÉLICA PÉREZ

1.12.18

La pequeña María Angélica escucha a su padre cantar La Marsellesa. Lo mira con admiración, todavía sin saber que varios años más tarde la fascinación de ese hombre la llevará a estudiar francés, a construir su diccionario personal de la biografía de François Truffaut, su director de cine favorito. "Las palabras y las imágenes fueron mi refugio" cuenta María Angélica y uno empieza a entender de dónde surge el amor por los detalles de esta mujer que saca fotos con la mirada del corazón.

María Angélica retratada por Alberto, su compañero de vida
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INSTROSPECTIVA

29.9.18

Siempre me costó hablar de mí. No sé por dónde empezar a contarme. Recuerdo que, cuando empecé a escribir Place de la Folie, mis dudas giraban en torno a esto mismo. ¿Iba a hablar de mí o qué? ¿Acaso no es para eso un blog? En ese entonces todavía no había nacido mi hija. ¿Qué pasó después? El blog se fue convirtiendo en otra cosa. Había demasiados desplazamientos en mi vida, cambio de prioridades, sacudidas de todo tipo. También hubo mucho dolor. Un dolor sobre el que todavía no puedo escribir pero cuya cicatriz ya no me asusta. La reconozco, forma parte de mí. Este es mi nuevo cuerpo.

Autorretrato 
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DEVOCIÓN

11.7.18

Termino de leer la primera parte del último libro de Patti Smith: Devoción. Lleva como título "Cómo funciona la mente" y cierra con Patti de regreso a su casa después de haber recorrido un cementerio francés en busca de la tumba de Simone Weil, esa filósofa genial a la que pocos conocen. Digo "cierra" y en verdad me equivoco. Nada se cierra. Todo es apertura cuando se lee a Patti Smith. Todo es ganas de disfrutar la vida, los pequeños detalles, una ventana abierta a un jardín secreto. Escribo "secreto" y también me equivoco. Nada es secreto en la voz de una mujer que hace de sus días un canto memorable. "Devoción" es sobre todo esa actitud ante la vida que aprendemos de ella. 


Patti Smith por Jesse Dittmar
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HIKARI Y EL CANTO DE LOS PÁJAROS

1.7.18

Kenzaburō Ōe tenía 28 años cuando nació su hijo Hikari, que en japonés significa "luz". Los médicos le dijeron que mejor era dejarlo ir: la operación que le quitaría la protuberancia de su cráneo (a causa de una hidrocefalia severa) era muy riesgosa y le dejaría secuelas complejas. La mujer de Kenzaburō, Yukari, dijo que prefería morir ella antes de dejar morir a su hijo. En ese entonces, Kenzaburō ya escribía y los recuerdos de su infancia narrados en La presa le habían traído su primer reconocimiento literario. Pero su escritura se posó sobre otra infancia: la de Hikari, que empezó a crecer sin poder comunicarse.

La familia Ōe
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